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LA RAZÓN FRACTURADA

Las emociones como frontera epistemológica de la razón

En La Razón Fracturada, Mariano E. Rodríguez emprende una ambiciosa investigación que trasciende los límites disciplinarios convencionales para abordar uno de los problemas más persistentes de la filosofía occidental: la relación entre mente y cuerpo, razón y emoción, conciencia y materialidad. Publicado en 2026, este ensayo filosófico se distingue por su rigor conceptual y su capacidad para establecer un diálogo fructífero entre la tradición racionalista del siglo XVII y los hallazgos más recientes de la neurociencia cognitiva contemporánea.

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La obra se estructura en tres partes claramente delimitadas: Destrucción, Construcción e Integración. Esta arquitectura tripartita no es meramente estética, sino que responde a una estrategia metodológica deliberada que conduce al lector desde la crítica sistemática del dualismo cartesiano, pasando por la elaboración de una alternativa monista inspirada en Spinoza, hasta culminar en la integración de una arquitectura somática de la conciencia sustentada en evidencia empírica contemporánea. El movimiento dialéctico que articula estas tres secciones permite a Rodríguez no solo destruir los fundamentos del paradigma dualista, sino también construir una propuesta positiva que reformula radicalmente nuestra comprensión de la subjetividad humana. Lo que hace particularmente notable este trabajo es su capacidad para moverse con soltura entre registros discursivos diversos: el análisis conceptual riguroso, la reconstrucción histórica precisa, la evaluación crítica de evidencia empírica y la formulación de hipótesis teóricas originales. Rodríguez no es simplemente un divulgador de ideas ajenas, sino un pensador que establece conexiones originales entre tradiciones filosóficas aparentemente distantes y descubrimientos neurocientíficos que podrían parecer, a primera vista, inconmensurables con la especulación metafísica.

El punto de partida de Rodríguez es la formulación cartesiana del cogito ergo sum, ese momento fundacional de la filosofía moderna en el que Descartes creyó haber encontrado un fundamento absoluto del conocimiento. Sin embargo, lo que el filósofo francés presentó como una certeza indubitable, introdujo simultáneamente un problema que perseguiría a la tradición occidental durante siglos: si el yo pensante constituye una sustancia inmaterial, ontológicamente distinta del cuerpo extenso, ¿cómo es posible la interacción entre ambas dimensiones heterogéneas? Rodríguez demuestra con precisión que este problema no es meramente técnico, sino estructural. La distinción radical entre res cogitans y res extensa no solo escindió ontológicamente la realidad en dos tipos de sustancias irreductibles, sino que instituyó una jerarquía normativa con consecuencias históricas profundas: lo mental fue concebido como superior a lo corporal, mientras que la razón fue investida de la función de gobernar las pasiones. Esta jerarquía operó como matriz ideológica que legitimó múltiples prácticas de disciplinamiento del cuerpo, desde modelos pedagógicos represivos hasta concepciones médicas que marginaron sistemáticamente las dimensiones afectivas del sufrimiento humano.

El giro decisivo en la argumentación ocurre con la incorporación de la obra de Antonio Damasio, particularmente sus estudios sobre pacientes con lesiones cerebrales. Los casos de Phineas Gage y Elliot resultan devastadores para la concepción cartesiana: ambos pacientes conservaron intactas sus capacidades cognitivas formales —razonamiento lógico, cálculo matemático, memoria semántica— pero perdieron completamente la capacidad de tomar decisiones adaptativas en contextos concretos. Podían analizar lógicamente una situación, enumerar ventajas y desventajas de múltiples opciones, pero carecían de la orientación afectiva necesaria para decidir entre ellas.

Estos hallazgos conducen a Rodríguez a formular una tesis central: la racionalidad humana presupone constitutivamente la integración de procesos emocionales. Las emociones no obstaculizan la racionalidad; operan como condición estructural de su funcionamiento. El llamado "error de Descartes" consiste, precisamente, en haber caracterizado la razón de manera parcial y reduccionista, separándola conceptualmente del cuerpo y la emoción, con consecuencias teóricas y prácticas de largo alcance. Uno de los aportes más significativos del libro es la exposición detallada de la hipótesis de los marcadores somáticos de Damasio. Rodríguez explica con claridad cómo estos marcadores constituyen señales corporales —generalmente sutiles y no siempre conscientes— asociadas a determinados escenarios, cursos de acción o resultados posibles. Durante la deliberación, cuando el sujeto anticipa alternativas futuras, se activan respuestas somáticas que generan sensaciones de placer ante escenarios potencialmente favorables, y de malestar ante consecuencias negativas. Lo decisivo de este mecanismo es que opera antes de la articulación consciente de las razones. El organismo "anticipa" el riesgo o la conveniencia de una opción mediante señales corporales que se activan automáticamente, guiando la deliberación práctica de manera anticipada y eficiente. El experimento del Iowa Gambling Task, descrito con detalle en el libro, proporciona evidencia empírica contundente: los sujetos sin daño neurológico desarrollan respuestas galvánicas de la piel —indicadores de activación emocional— antes de seleccionar cartas de mazos desfavorables, incluso antes de poder formular explícitamente por qué ciertos mazos resultan problemáticos. En contraste, los pacientes con lesiones en el córtex prefrontal ventromedial no desarrollan estas respuestas anticipatorias. Pueden, en algunos casos, articular verbalmente que ciertos mazos son desfavorables, pero este conocimiento declarativo no se traduce en cambios conductuales efectivos. La disociación entre saber y actuar revela algo fundamental: el conocimiento consciente resulta insuficiente cuando no es acompañado por señales corporales que guíen la acción.

La segunda parte del libro constituye quizás su contribución más original. Rodríguez no se limita a exponer los hallazgos neurocientíficos, sino que establece un diálogo sistemático entre Damasio y Baruch Spinoza, mostrando convergencias conceptuales sorprendentes entre el filósofo del siglo XVII y la neurobiología contemporánea. El monismo sustancial de Spinoza, según el cual mente y cuerpo son atributos de una única sustancia, anticipa de manera notable la disolución contemporánea del problema mente-cuerpo. Cuando Spinoza afirma que "la mente humana es la idea del cuerpo humano", no está proponiendo una interacción causal entre sustancias separadas, sino una identidad ontológica fundamental: la mente es el cuerpo mismo, concebido bajo el atributo del Pensamiento. Rodríguez identifica correspondencias funcionales particularmente fértiles entre el conatus spinoziano —el esfuerzo de cada cosa por perseverar en su ser— y el concepto contemporáneo de homeostasis. Ambos describen, desde marcos teóricos distintos, el impulso inherente de los organismos a mantener su integridad y persistir en la existencia. Del mismo modo, la distinción spinoziana entre affectio corporis (afección del cuerpo) e idea affectionis (idea de la afección) prefigura la diferenciación damasiana entre emoción —cambios corporales objetivos— y sentimiento —experiencia consciente de esos cambios. Esta convergencia no es meramente anecdótica. Permite a Rodríguez naturalizar la teleología spinoziana: el "esforzarse por" no remite a un propósito consciente o diseño intencional, sino a dinámicas biológicas objetivas. Los organismos se comportan de modo tal que sus dinámicas tienden a conservar su integridad, y este comportamiento emerge de mecanismos causales físico-químicos organizados. La valoración, en este marco, no es un constructo cultural arbitrario ni una norma trascendente: surge de la propia estructura de los sistemas vivos.

La tercera parte del libro presenta un modelo integrador de cinco estratos de conciencia que constituye una síntesis ambiciosa de múltiples perspectivas contemporáneas. Rodríguez articula los aportes de Damasio, Francisco Varela y Joseph LeDoux en una arquitectura coherente que va desde la sensibilidad homeostática básica hasta la conciencia narrativa autobiográfica. Cada estrato posee condiciones de emergencia específicas, fenomenología distintiva y función adaptativa particular. El primero, la sensibilidad homeostática básica, opera mediante regulación automática sin experiencia subjetiva. El segundo, el sentimiento primordial, transforma esa regulación en vivencia consciente elemental —el sentimiento de estar vivo. El tercero, la conciencia intencional perceptual, enactúa un mundo de objetos significativos. El cuarto, la conciencia emocional compleja, regula la vida social y la conducta interpersonal. El quinto, la conciencia narrativa autobiográfica, construye una identidad personal extendida en el tiempo. Lo notable de este modelo es que evita tanto el reduccionismo como el dualismo. Cada estrato emerge de condiciones materiales específicas, pero introduce propiedades cualitativamente nuevas que no se dejan reducir al vocabulario del estrato subyacente.

Existe dependencia asimétrica: los estratos superiores dependen ontológicamente de los inferiores, pero no viceversa. Al mismo tiempo, opera una causación descendente: los estratos superiores modulan funcionalmente los inferiores, como evidencian las intervenciones psicoterapéuticas que, modificando narrativas conscientes, producen efectos medibles sobre estados emocionales y corporales. Rodríguez no oculta las tensiones que atraviesan su propuesta. Una primera tensión concierne a la naturaleza de la cognición: ¿debe entenderse fundamentalmente en términos representacionales, como sugieren Damasio y LeDoux, o en términos enactivos, como sostiene Varela? El modelo estratificado propone una solución pragmática —los estratos inferiores operarían principalmente de manera enactiva, mientras los superiores incorporarían formas crecientes de representación— pero esta conciliación puede resultar insuficiente si el desacuerdo es ontológico y no meramente funcional. Una segunda tensión refiere a la unidad del yo. Damasio enfatiza la construcción progresiva de un self relativamente unificado, mientras que LeDoux muestra la coexistencia de múltiples sistemas emocionales con lógicas parcialmente independientes. ¿Es la unidad del yo un rasgo ontológico fundamental o una construcción frágil y contingente? Finalmente, persiste el hard problem de la conciencia formulado por Chalmers: el modelo describe con precisión las condiciones de emergencia de cada estrato, pero no logra explicar cómo la organización material da lugar a la experiencia subjetiva. ¿Por qué la actividad coordinada de la ínsula y el cíngulo anterior se acompaña de la sensación de "estar vivo", en lugar de desarrollarse sin vivencia consciente alguna? La brecha explicativa entre descripción funcional y fenomenología persiste. La relevancia de La Razón Fracturada trasciende ampliamente el ámbito académico especializado.

En primer lugar, la obra realiza una contribución significativa al diálogo interdisciplinario entre filosofía y neurociencia. Rodríguez demuestra que este diálogo no consiste en una mera yuxtaposición de disciplinas, sino en una integración genuina donde la filosofía proporciona herramientas conceptuales para interpretar hallazgos empíricos, mientras la neurociencia somete a prueba y refinas intuiciones filosóficas. En segundo lugar, el libro tiene implicaciones decisivas para nuestra autocomprensión como seres humanos. Si la racionalidad está intrínsecamente vinculada a los afectos y la vulnerabilidad corporal, entonces la ética no puede concebirse como un sistema de normas abstractas derivadas de la razón pura. La valoración moral se funda en estados homeostáticos compartidos, lo que otorga a la empatía un basamento biológico sin reducirla a un simple automatismo. En tercer lugar, la obra tiene consecuencias prácticas para múltiples ámbitos: salud mental, educación, políticas públicas. Una concepción más profunda de la mente corporizada transforma nuestra comprensión del sufrimiento psicológico, las prácticas pedagógicas y la organización de la vida social. Si las emociones no son perturbaciones que interfieren con el aprendizaje, sino condiciones de su posibilidad, entonces los modelos educativos deben reformularse radicalmente.

La Razón Fracturada de Mariano E. Rodríguez es una obra ambiciosa que logra articular de manera coherente tradiciones filosóficas clásicas con hallazgos neurocientíficos contemporáneos. Su mérito principal no reside únicamente en la crítica del dualismo cartesiano —ejercicio ya realizado por numerosos autores—, sino en la construcción de una alternativa positiva que integra monismo ontológico, corporización constitutiva de lo mental y arquitectura estratificada de la conciencia. El libro invita a repensar radicalmente categorías que estructuran nuestro autoentendimiento: sujeto, razón, emoción, autonomía. La mente no es un piloto inmaterial que gobierna el cuerpo desde una instancia exterior, sino un modo de organización de procesos biológicos complejos. La conciencia no se añade al cuerpo: es la forma misma en que ciertos cuerpos organizados existen y perseveran en su ser. Esta reconceptualización tiene consecuencias que trascienden la teoría filosófica. Una comprensión más profunda de la mente encarnada transforma nuestras prácticas educativas, terapéuticas y éticas. Si la razón está "fracturada" —no por deficiencia, sino por su origen en organismos finitos y vulnerables—, entonces esa misma fractura es lo que la vuelve viva, flexible y creativa. Para el lector contemporáneo interesado en las fronteras del conocimiento sobre la conciencia, La Razón Fracturada ofrece una síntesis rigurosa y accesible de debates fundamentales. Para el filósofo profesional, proporciona conexiones originales entre tradiciones aparentemente distantes. Para el científico cognitivo, recuerda la importancia de la reflexión conceptual en la interpretación de hallazgos empíricos. En última instancia, el mayor logro de Rodríguez consiste en mostrar que la pregunta por la naturaleza de la mente no admite respuestas simples ni clausuras definitivas. La filosofía, como la vida que busca comprender, no culmina en certezas absolutas. Es un diálogo inacabable entre el rigor del pensamiento y el misterio irreductible de sabernos, ante todo, cuerpos que sienten.

Aurelio Valdrich, enero de 2026

La siguiente reseña crítica examina La Razón Fracturada desde una perspectiva analítica y no apologética, atendiendo tanto a la arquitectura conceptual del libro como a las objeciones que razonablemente pueden formularse. El análisis se centra en la coherencia interna del proyecto, su diálogo con la tradición filosófica y su integración con la neurociencia contemporánea, evaluando alcances, límites y supuestos implícitos. No se adopta una posición doctrinaria, sino un criterio de lectura orientado a la consistencia teórica, la claridad conceptual y la legitimidad metodológica del planteo.

LA RAZÓN FRACTURADA

Mariano E. Rodríguez

Tapa Dura

Editorial: Nowhere.

Fecha de publicación: 14 enero 2026.

Idioma: español.

Extensión: 184 páginas.

ISBN-979-8243914536.

Dimensiones: 15.84 x 1.55 x 23.46 cm.

Todas las obras pertenecen a ©Mariano E. Rodríguez 
Mariano E. Rodríguez Works | mariano.rodriguez@live.com

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