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ANHEDONIA

UN CUENTO DE MARIANO E. rodriguez

Existe en la literatura contemporánea una tendencia peligrosa: confundir la erudición con la profundidad, el ornamento con la sustancia. Mariano E. Rodríguez, en su cuento Anhedonia, desafía esta falsa dicotomía al construir un artefacto literario que funciona simultáneamente como tratado filosófico, grimorio hermético y cartografía del abismo interior. Lo que en manos menos hábiles podría convertirse en un ejercicio de pedantería académica, aquí se transforma en una experiencia de lectura que exige —y recompensa— la inmersión total del lector en sus estratos simbólicos.

La arquitectura del relato replica la forma misma de su objeto central: el Sigilo del Caos Revelador. Rodríguez no ofrece una narrativa lineal, sino una estructura radial donde múltiples temporalidades convergen hacia un centro vacío. Las secciones numeradas funcionan como los glifos del Sigilo: cada una representa un sello que debe romperse, una capa de significado que debe penetrarse antes de acceder al núcleo. Esta decisión estructural trasciende el mero virtuosismo formal. El autor comprende que la forma es contenido, que la desorientación temporal que experimenta el lector replica la disolución del yo que sufre Lucian Umbra. Cuando saltamos del presente distópico del protagonista (2025) a la cripta alquímica de 1509, y de allí al taller napolitano de Francesco Queirolo (1752), no estamos siguiendo digresiones ornamentales, sino trazando las líneas de fuerza de una red invisible que conecta todas las manifestaciones del mismo arquetipo: el alma aprisionada en la materia, luchando por su propia liberación. La interpolación del manuscrito de Gaspar de Montiel constituye el momento más audaz de esta estrategia. Aquí Rodríguez arriesga la paciencia del lector con pasajes densos de teología gnóstica, alquimia renacentista y exégesis bíblica heterodoxa. Algunos encontrarán estos segmentos excesivos, incluso pretenciosos. Pero esta objeción revela una incomprensión fundamental de lo que el texto intenta lograr: no estamos ante un cuento que contiene investigación esotérica; estamos ante una investigación esotérica que ha adoptado la forma de cuento como estrategia de transmisión.

Lucian Umbra no es un personaje en el sentido tradicional del término. Es una ausencia con nombre propio, un vacío que se ha vuelto consciente de sí mismo. La descripción inicial —"un hombre que ya no recuerda qué es sentir"— establece inmediatamente el problema central: ¿Cómo narrar la experiencia de alguien cuya condición es la imposibilidad de experimentar? Rodríguez resuelve esta paradoja mediante una estrategia brillante: convierte la anhedonia en una lente epistemológica. Lucian no sufre una patología psiquiátrica que deba ser curada mediante intervención terapéutica; su condición es, en cambio, una apertura involuntaria hacia una verdad insoportable sobre la naturaleza de la existencia. El vacío que habita no es defecto sino revelación. Y esa revelación se inscribe en cada superficie del texto, hasta en aquello que parece puramente descriptivo. Las escaleras que Lucian desciende poseen dimensiones específicas enumeradas con precisión clínica: dieciocho centímetros de huella, treinta y uno de tabica. Un lector distraído podría descartar estas medidas como detalle arquitectónico superfluo.

Rodríguez no escribe una sola línea sin intención: esas cifras operan según principios de gematría hebrea, donde la vida se eleva mediante el conocimiento hacia la integración final. Cada descenso físico por esos escalones replica el trayecto iniciático del alma que desciende a la materia para luego ascender transfigurada. La mansión no es meramente el escenario donde ocurren los acontecimientos; es un grimorio tridimensional que cifra contenido esotérico. Habitar sus espacios equivale a interpretar un texto oculto donde cada medida, cada material, cada línea geométrica constituye un glifo en un alfabeto hecho de piedra y concreto.

La relación con Aurelio, el asistente albino, funciona como espejo invertido de esta dinámica. Cuando Aurelio declara: "Nunca he conocido el placer", no estamos ante una confesión trágica sino ante la clave hermenéutica del texto completo. Aurelio es la sombra de Lucian, su doble alquímico, la manifestación externa de un proceso interno.  La ambigüedad sobre su realidad ontológica —¿es un ser humano o una proyección psíquica? —nunca se resuelve, ni debe resolverse. En la tradición gnóstica que Rodríguez invoca constantemente, los arcontes son simultáneamente entidades externas y estructuras psíquicas internas; Aurelio funciona en este registro dual. 

La prosa de Rodríguez es quirúrgica. Cada frase ha sido destilada hasta alcanzar la densidad máxima de significado con la mínima ornamentación. Las descripciones arquitectónicas de la mansión —con sus precisiones sobre huellas de escalones, tabicas y mamperlanes— no son exhibiciones de rigor técnico, sino materialización lingüística de la consciencia hipervigilante de Lucian, para quien el mundo se ha convertido en mera geometría vaciada de contenido emocional. Pero esta precisión clínica coexiste con pasajes de intensidad visionaria que recuerdan a los mejores momentos de Thomas Ligotti o Cormac McCarthy.

Cuando el texto describe la experiencia de Queirolo descendiendo a través de su propia oscuridad mientras talla Il Disinganno, o la disolución de los tres alquimistas en la cripta, Rodríguez abandona momentáneamente su estilo analítico por una prosa de resonancias proféticas que captura la cualidad numinosa y aterrador del encuentro con lo sagrado. Esta oscilación estilística no es inconsistencia sino método. El autor comprende que ciertos estados de consciencia exigen lenguajes radicalmente distintos. La anhedonia de las secciones iniciales requiere una prosa fría, disociada, burocrática. La gnosis —ese conocimiento inmediato y transformador— demanda el lenguaje del éxtasis y la disolución.

La densidad referencial de Anhedonia podría intimidar o irritar al lector no familiarizado con el corpus hermético, gnóstico y alquímico que Rodríguez moviliza. Encontramos citas del Ars Notoria, el De Occulta Philosophia de Agrippa, textos coptos de Nag Hammadi, la cosmología valentiniana, tratados rosacruces, la filosofía de Epicuro y referencias a Nietzsche, Schopenhauer y Calderón. Esta acumulación podría parecer una exhibición de erudición narcisista. Sin embargo, Rodríguez no está citando fuentes para demostrar conocimiento, sino que las utiliza para construir con ellas. Cada tradición invocada representa una tentativa histórica de resolver el mismo problema: ¿cómo escapar de la prisión de la materia y el tiempo? El gnóstico valentiniano que busca recordar su origen divino, el alquimista que intenta transmutar el plomo en oro, el escultor que libera la forma aprisionada en el mármol, el filósofo que reconoce la existencia como sufrimiento —todos ejecutan variaciones del mismo proceso arquetípico.

La sección sobre Francesco Queirolo y la creación de Il Disinganno funciona como eje hermenéutico del texto completo. Rodríguez transforma la escultura barroca real —visible aún en la Capilla Sansevero de Nápoles— en símbolo viviente del proceso alquímico. La red de mármol que envuelve al pescador no es ornamento virtuoso sino representación exacta de las estructuras psíquicas que aprisionan la consciencia. La decisión narrativa de presentar este segmento en primera persona, desde la voz del escultor ficticio, resulta magistral. Experimentamos desde dentro el descenso a través de la Nigredo —la putrefacción necesaria—, la purificación de la Albedo y la consumación de la Rubedo. Queirolo no está simplemente creando una escultura; está siendo transformado por ella, o más precisamente, está siendo transformado a través del acto de crearla.

 Eleonora Moreau

realizó la narración del Preludio del cuento ANHEDONIA

El concepto del sacrificium intellectus vertebra todo el arco narrativo. Rodríguez presenta dos interpretaciones contradictorias de esta frase: la ortodoxa (sumisión de la razón ante la fe) y la heterodoxa (destrucción deliberada de límites racionales para acceder a conocimiento prohibido). El texto abraza la segunda interpretación con todas sus consecuencias aterradoras.

La pregunta final que el texto plantea no admite respuesta confortable: ¿es la consciencia ordinaria una prisión de la cual debemos escapar o es el fundamento necesario de toda experiencia humana? ¿La iluminación gnóstica representa liberación o aniquilación? Rodríguez sugiere que ambas cosas son idénticas, que la verdadera libertad no consiste en trascender la prisión, sino en reconocer que nunca existió prisionero separado de ella. En una época literaria dominada por el realismo psicológico superficial y la ficción de entretenimiento, Anhedonia emerge como una anomalía necesaria: un texto que se niega a consolar, que rechaza la clausura narrativa reconfortante, que exige del lector lo mismo que Lucian debe sacrificar: la ilusión de control, la fantasía de la identidad estable, la creencia en que el significado existe independiente de quien lo busca. Es un texto ambicioso hasta la temeridad, erudito hasta la provocación, y absolutamente singular en el panorama de la literatura española contemporánea. Mariano Rodríguez ha construido una catedral oscura, donde cada columna es una referencia hermética, cada vitral un símbolo alquímico, y el altar vacío en el centro, es el lector reflejándose en el espejo atroz de su propia inexistencia.

Puede descargar una vista previa del cuento en formato

Tapa Dura

Editorial: Nowhere.

Fecha de publicación: 23 de noviembre de 2025. Idioma: español.

Extensión: 102 páginas.

ISBN-13: 979-8275789027.

Dimensiones: 6,24 x 0,42 x 9,24 pulgadas.

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Hardcover
Publisher: Nowhere
Publication: ‎November 28, 2025
Language: ‎English
Print Length: ‎98 pages
ISBN-13: ‎979-8276548135
Dimensions: 15.84 x 1.04 x 23.46 cm

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Escucha la narración del capítulo I

Listen to the narration of Chapter I

Todas las obras pertenecen a ©Mariano E. Rodríguez 
Mariano E. Rodríguez Works | mariano.rodriguez@live.com

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